martes 10 de enero de 2012

viernes 12 de agosto de 2011

Un domingo en la tumba de Cantinflas


El mausoleo donde reposan las cenizas del mayor humorista del cine latino está cerrado al público. Afuera, sus herederos se enfrentan por la enorme fortuna que dejó. A Mario Moreno lo sobreviven sus filmes y una interminable pelea de familia.


La última película de Cantinflas no da risa. En primer plano, el cómico yace en la cama de un hospital de Houston consumido por un cáncer pulmonar que los doctores no pueden curar. Afuera, dos hombres se pelean por su herencia. Uno es su hijo adoptivo y el otro, su sobrino carnal. Ninguno de los dos es chistoso, se odian a muerte, evitan hablarse y solo se envían notas con los abogados. El hijo acusa al sobrino de obligar al moribundo Cantinflas a firmar un papel en blanco, aprovechando que le habían inyectado morfina. El sobrino replica diciendo que el hijo es un drogadicto y que golpea a su desahuciado papá. Al final de la historia, Cantinflas se muere, lo entierran miles de mexicanos y los tipos se siguen peleando. Luego la trifulca se va a los juzgados, que no son como los de las películas de Mario Moreno. Son juzgados reales: no dan risa.

Pasan 15 años. El hijo y el sobrino se siguen peleando por la plata de Cantinflas. Ninguno de los dos viene a visitar su tumba.

Es una mañana de verano en la Ciudad de México. He llegado hasta el Panteón Español buscando la tumba de Cantinflas, el eterno malabarista del habla popular de estas tierras, alguien que Charles Chaplin definió como "el mejor comediante del mundo". El cementerio es viejo, fue construido a inicios del siglo XX en la zona norte de la ciudad. La puerta principal da a una calle llena de autobuses y vendedores de flores. En la entrada, dos policías controlan que ningún visitante ingrese con cámaras fotográficas o de video. Me acompañan la fotógrafa Cecilia Larrabure y uno de los policías de la puerta, que hace las veces de guía obligado y se resiste a conversar con dos extraños periodistas. Nos permiten ingresar con una cámara de fotos, pues traemos una autorización escrita del único hijo de Mario Moreno Reyes y Valentina Ivanova (los esposos cuyas cenizas se atesoran aquí). Tras una caminata de 5 minutos, el guardia nos indica que ya llegamos.

La construcción de cemento tiene paredes que imitan las piedras incas, con incrustaciones de vidrio transparente para que la luz llegue al interior durante el día. Una cruz de cemento pintada de negro resalta nítidamente en la parte superior de la capilla. Tiene un letrero encima de la puerta: Mario Moreno "Cantinflas". Ninguna inscripción alude a la esposa. Adentro, un cuadro del cómico —caracterizando a su famoso personaje, con una sonrisa fácil, pañoleta al cuello y el sombrero raído de paño— nos recuerda que sus cenizas descansan en esta cripta. La puerta es de aluminio y está cerrada. A cada lado, hay dos ramos de flores que el hijo mandó colocar para nuestra visita. Deben tener un par de días. Están empezando a marchitarse.

De primera impresión, uno diría que no queda nada del actor que tuvo tal importancia que logró convertir su nombre artístico en verbo (cantinflear) y sustantivo (cantinflada), con el visto bueno de la caprichosa Real Academia. Cualquiera pensaría que Cantinflas es pasado, que sólo ha sobrevivido en esas películas entrañables llenas de humor blanco y moralejas. Pero ahí está el detalle: esas películas son muchas, muchísimas, 51 para ser exactos. Y la gente las sigue viendo, las disfruta incluso en este México demencial que hoy se parece más al país de los amores perros.

***

Se ha escrito y estudiado mucho acerca de Mario Moreno Reyes y de su personaje emblema, Cantinflas. Hay tesis universitarias que analizan la incorporación al castellano oficial del verbo cantinflear y una decena de libros que relatan su vida a manera de biografía autorizada. La mayoría de ellos cuenta la historia de superación épica de un niño nacido en el seno de una familia pobre que se hizo rico gracias a su talento y trabajo, para después corresponder a la vida con anónimos actos de filantropía. Hablan de sus famosos y grandes amigos, entre los que se cuentan reyes, presidentes, multimillonarios, actrices, actores y todo hombre o mujer importante de su época. Relatan cómo el presidente Lyndon B. Johnson le dio el privilegio de ser el primer huésped mexicano de la Casa Blanca. Explican por qué la Universidad de Michigan le otorgó el doctorado honoris causa a un hombre cuyas únicas aulas fueron las carpas de los circos. Recuerdan que Cantinflas fue el padrino de matrimonio de Elizabeth Taylor y Michael Todd y que una de sus películas, La vuelta al mundo en 80 días, ganó el Premio Oscar a la mejor producción en 1956.

Las biografías menos autorizadas son igual de frondosas. Comentan sus romances furtivos, públicos o anónimos, con mujeres jóvenes y guapas, antes y después de la muerte de su esposa. La fama de mujeriego no ofende su memoria, al contrario: es un signo inequívoco de ganador en un país machista y esquizofrénicamente conservador como es México. Ciertos libros dedican capítulos enteros a comentar la amistad que cultivó Cantinflas con los presidentes mexicanos en el apogeo del PRI. O revelan que fue nombrado consejero oficial de Gustavo Díaz Ordaz, quizá el más autoritario de los presidentes priistas, protagonista de la tristemente célebre matanza de los estudiantes de la plaza Tlatelolco en 1968.

No hay libro que obvie repasar los personajes que encarnó Cantinflas en su más de medio centenar de películas. Varias de ellas resultaron éxitos rotundos de taquilla desde México hasta la Patagonia y lograron el milagro de juntar a todas las clases sociales de la época bajo el mismo techo.

***

Cecilia, la fotógrafa, logra romper la parquedad del custodio del cementerio y ha conseguido que le ayude a subirse al techo de una ermita vecina, una mejor posición para disparar su cámara. La de Cantinflas es una tumba que casi nadie visita, nos comenta el policía, que ya ha entrado en confianza. Lo mismo cuenta el jardinero que lleva más de 30 años recogiendo las flores marchitas y cuidando las del jardín. El administrador dice que dos o tres veces al año algún turista curioso llega a la puerta del cementerio preguntando por la última morada de Cantinflas. La visita era ofrecida como parte de un paquete turístico local. Pero cada vez hay menos interesados en perder una mañana viendo la fotografía del cómico a través de la rendija de la puerta de una capilla cerrada. O será que la gente se está olvidando de Cantinflas. O es que tal vez no tiene sentido venir a visitarlo hasta aquí. Para recordarlo, basta ir a cualquier Blockbuster.

Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado— dijo Cantinflas. Después de su muerte, su hijo y su sobrino, se pelean por ser ricos.

Conforme las películas de Cantinflas iban invadiendo las pantallas de cine de toda América Latina, las cuentas bancarias del cómico iban engrosándose hasta que en algún momento de su apogeo su fortuna personal fue catalogada como "incalculable". En la Ciudad de México, él y su familia vivían en una mansión construida sobre un terreno de 10.000 metros cuadrados colindante con el gran bosque de Chapultepec. Un avión privado y un Mercedez Benz para dignatarios completaban los lujos y comodidades de la familia Moreno Ivanova. Pero, al parecer, ni toda la fortuna que acumuló llenó plenamente la vida de la pareja. Hacía falta completar la familia. Algún problema en el sistema reproductivo de él les impedía tener hijos. Los familiares dicen que la pareja decidió adoptar a un niño. Pero todo indica que él quiso darle la sorpresa a ella una vez que se presentó la oportunidad de hacerse de un niño a cambio de unos cuantos miles de dólares. A finales de 1960, la familia se completó con la llegada de Mario Arturo Moreno Ivanova.

La forma en que ese bebé llegó al hogar de Cantinflas es hoy parte del lío por la herencia. La historia podría resumirse así: en 1959, una joven estadounidense que llegó a México de mochilera fue abandonada por sus amigos con una cuenta impaga. Mario Moreno, que tenía fama de ayudar a los necesitados, recibió la visita de esta joven. Ella le pidió que pagara la deuda del hotel y que le prestara dinero para regresar a su país. Él la ayudo. Un año después, cuando Cantinflas rodaba la película Pepe en los estudios de Columbia Pictures en Los Ángeles, la joven lo visitó. Estaba embarazada y le propuso entregarle a su bebé a cambio de 10.000 dólares. En pocas palabras: venderle a su hijo. Él aceptó la oferta. Miguel Delgado, su inseparable director mexicano que estaba con él en el rodaje de Pepe, dijo para un libro escrito por la periodista Guadalupe Elizalde, haber sido testigo de la escena. Según esta versión, Cantinflas esperó a que naciera el bebé y fue a recogerlo en su avión privado. De regreso a México, lo inscribió en el registro civil como hijo biológico de él y Valentina. Lo podía hacer. Era amigo del presidente de la República y nadie revisaba su avión cada vez que regresaba al país. Tampoco faltaron amigos que atestiguaran que el niño nació en la casa de Paseo de la Reforma 2432 a las 9 de la mañana del día 1 de septiembre de 1960.

Pero los problemas vinieron después. Dicen que la joven se arrepintió. Regresó a México a reclamar a su hijo y al no poder recuperarlo terminó suicidándose en la habitación de un hotel. Fue un escándalo mediático. Los periódicos populares dijeron que ella se había matado por él. Lo cierto es que Marion Roberts, como se llamaba la joven, escribió una carta antes de matarse donde le decía a Cantinflas "cuida a nuestro hijo". Una parte de la prensa especuló que el niño era hijo de ambos, que lo habían engendrado cuando ella andaba pidiendo ayuda en la ciudad de México. Las fechas coincidían. Pero la realidad ayudó a frenar las especulaciones: el bebé era rubio y de ojos azules. No tenía nada del supuesto padre biológico.

Estos misterios biográficos tienen ahora forma de millones de dólares. Son parte de la disputa entre Mario Moreno Ivanova, el hijo adoptivo y heredero universal de su padre, y Eduardo Moreno Laparade, autoproclamado el sobrino predilecto y supuesto heredero gracias a un documento que, dice, le firmó su tío unos días antes de dejar el hospital Metodista de Houston, ya moribundo. La clave está en que, de acuerdo a la legislación mexicana, un hijo no biológico puede perder su calidad de heredero si se le prueba una conducta ingrata con su padre adoptivo o una vida inmoral. El sobrino sostiene que Mario Moreno Ivanova le pegaba a su padre cuando este ya estaba postrado en una cama de enfermo terminal y que ha consumido drogas desde los 12 años de edad. Ambas conductas pueden ser causal para desheredarlo.

***

Eduardo Moreno Laparade es el sobrino heredero. O el primo inescrupuloso. Depende de quién lo diga. No es difícil dar con él en la ciudad de México. Desde que murió su tío dirige la Fundación Mario Moreno Reyes, que él mismo creó. Para hablar con él solo es necesario llamar a la fundación y una secretaria resolverá su agenda. La cita siempre es en la sede, donde ocupa la mejor oficina, en el segundo piso de una casa inmensa, de esas que habitan diplomáticos o empresarios en Las Lomas, una de las mejores zonas de la ciudad. El sobrino es un hombre atento, se presenta como periodista, aunque ahora no ejerce el oficio; su oficina, llena de muebles de caoba, sería la envidia de cualquier director de un periódico importante.

Asegura saberlo todo sobre su famoso tío, al que extrañamente llama "el señor Moreno". Se autoproclama como el sobrino predilecto. "Me confió todo antes de morir", explica. A un costado de su oficina está la biblioteca de la fundación (con hemeroteca incluida), que, según presume, es la más completa sobre Cantinflas. Moreno Laparade guarda todo lo que se ha publicado sobre su tío, por lo menos en México. La colección incluye dos libros especiales: uno escrito en 1946 por un anónimo biógrafo que con el seudónimo de Draneoll reconstruyó de manera fidedigna la infancia pobre, la adolescencia díscola y los primeros años en los que la fama y el dinero llegaban a la vida de Mario Moreno Reyes. El libro se llama Quién es Cantinflas.

El otro libro especial de su colección es menos romántico. Empezó como un ambicioso proyecto para escribir una biografía autorizada de Cantinflas que el sobrino confió a la periodista Guadalupe Elizalde cuando el cómico todavía vivía. Terminó siendo un instrumento para que Eduardo Moreno Laparade destile todo tipo de ataques contra Mario Moreno Ivanova. Su publicación significó uno de los primeros episodios de la guerra por la herencia. Bajo el título Mario Moreno y Cantinflas… rompen su silencio salió de la imprenta un año después de la muerte del comediante. Este libro no se encuentra en librerías. El hijo adoptivo interpuso una demanda judicial para impedir su distribución y venta alegando que dañaba su imagen. Un juez le dio la razón.

—A ese lo compraron por 10.000 dólares de niño— dice Moreno Laparade refiriéndose a su primo. Colgado en la pared, a Cantinflas se le caen los pantalones en el afiche de Conserje en condominio.

***

Mario Moreno Ivanova no tiene secretaria ni asistente que le vea su agenda. Él mismo pacta sus entrevistas por celular. Nunca cita periodistas en su casa u oficina, prefiere los restaurantes o cafés. Pero es usual que nunca llegue al lugar acordado. Tiene fama de informal e incumplido. Me consta que no es mala reputación. Esperé en vano las dos primeras citas, a la tercera fue la vencida. Quedamos en reunirnos a las once de la mañana de un lunes en el restaurante Vips de Tecamachalco. Tuve que llamarlo más de una vez para recordarle que llevaba esperando media hora. Llegó al fin. Como su padre, es un fumador empedernido. El hijo de Cantinflas viste un pantalón jean con una indiscutible etiqueta Versace arriba del bolsillo trasero de la derecha, unas gafas oscuras marca Ray Ban, que no se las saca durante toda la entrevista, y una chaqueta fina color morado. Su mano izquierda luce un reloj blanco y chato que al fondo lleva una inscripción en letra corrida: Cartier. No quiere comer, solo pide un jugo natural de zanahorias que intercambia con bocanadas de humo que va exhalando de los cigarrillos que prende compulsivamente, cada 10 minutos.

—¿Usted sabe lo que es robarle a un tipo que se está muriendo de cáncer?— pregunta el hijo. El paquete de cigarrillos le tiembla en sus manos.

***

Mario Arturo y su primo Eduardo coinciden en resaltar las virtudes del hombre que hizo la fortuna que ahora se disputan. El hijo dice que desde que tiene uso de razón todos los recuerdos de su padre son adorables, que siempre lo cuidó con esmero y le dio lo mejor. Que se unieron para siempre cuando murió su madre, él apenas tenía 5 años, pero lo recuerda como si fuera ayer. El sobrino, por su parte, no escatima palabras para resaltar el corazón extraordinariamente solidario que dice tenía Cantinflas. Ayudaba a los pobres y enfermos con la única condición que nadie sepa. "Ni nosotros que estábamos a su lado nos enterábamos de lo mucho que ayudaba a la gente", recalca cada vez que puede. Pero cuando empezamos a hablar de la herencia, las discrepancias llegan a convertirse en adjetivos de grueso calibre contra el otro. De hecho es imposible entrevistarlos juntos. No se pueden ni ver.

El hijo de Cantinflas dice que su primo y el padre de este, su tío Eduardo, siempre le prodigaron un cariño hipócrita. Que toda la vida vivieron del dinero de su padre y que su ambición era obvia y grosera. Dice que cuando su padre agonizaba, su primo y su tío retiraron 70 millones de dólares de manera subrepticia de las cuentas bancarias de la familia. Aprovecharon que el hermano de Cantinflas era el apoderado legal del cómico. Dice que él acaba de obtener las pruebas de eso que califica como "robo impune".

Eduardo Moreno niega tajantemente la acusación de robo. Argumenta que vive de su trabajo, insiste en calificar a su primo Mario de drogadicto y alcohólico, y afirma que está dilapidando rápidamente la millonaria fortuna que le dejó su padre. Cuando se le pregunta que todo parece una pelea visceral por el dinero, responde que no, que él está peleado con Mario Arturo desde que su primo tenía 12 años. Sobre su venturosa herencia explica que de las 51 películas que protagonizó su tío, solo 39 las hizo con su propia casa productora y, por lo tanto, Cantinflas era dueño de los derechos. Ahora pelea con su primo las regalías de 34 filmes porque el productor Enrique Meir reclama ser dueño de cinco. Que la voluntad de su tío fue dejarle esa dote y que a él solo le queda respetar esa decisión.

Mario Moreno Ivanova descalifica los argumentos de su primo. Sostiene que ha quedado demostrado por pericias grafotécnicas que su padre firmó una hoja en blanco y que la notaria de Houston Melvy Reina ha encarado ante el juez a Eduardo Moreno aclarando que nunca vio firmar a Cantinflas. Que ella confió en la palabra del sobrino y se metió en problemas. El primo responde que la notaria fue comprada por su contrincante.

La pelea legal ha traspasado las fronteras mexicanas. La poderosa Columbia Pictures, en sociedad con Moreno Laparade y Joyce Jett, la mujer secreta de Cantinflas desde 1968, que también se reclama heredera de su ex amante, exigen los derechos de las películas. La gigante productora norteamericana ha logrado que un juez de California reconozca que ellos son propietarios. El hijo ha apelado y dice que será la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos la que resuelva definitivamente el caso. Por ahora, los millones de dólares que año a año acumula Columbia Pictures por las regalías son depositados en una cuenta administrada por el juez de California. En México le ha ido mejor al hijo. Un fallo judicial le otorgó los derechos de las películas de su padre y lo ha reconocido como heredero universal de su obra artística. Se calcula que todo puede valer más de 100 millones de dólares. Será por eso que Mario Moreno Ivanova le ha vendido a la gigante mexicana Televisa los derechos exclusivos de exhibición de las películas de Cantinflas. Todos los sábados el canal más importante de la cadena programa las películas en horarios familiares de su parrilla. Entrega inmediata, un filme de hace 45 años, tuvo hace poco casi el mismo rating que el que suele tener una emisión promedio de Adal Ramones, el showman más importante de México. El sobrino y el primo no se disputan migajas.

Yo amo, tú amas, él ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. Ojalá no fuese conjugación sino realidad.— Nunca más exacta una frase de Cantinflas para sus herederos...

***

Mario Moreno Reyes murió a las 9:38 de la noche del martes 20 de abril de 1993. Los noticieros locales dieron la primicia y se interrumpió la programación habitual para cubrir las reacciones por la desaparición del más universal de los cómicos de México. El gobierno de Carlos Salinas de Gortari declaró tres días de duelo nacional. El entierro fue multitudinario.

El administrador del cementerio sale hasta la calle y me muestra alzando el brazo derecho hasta dónde llegaba la masa de gente ese día.

Pero esta mañana nadie se ha asomado a la capilla donde se guardan las cenizas de Cantinflas. Por las inscripciones del mausoleo, descubro que los restos de Mario Moreno Reyes fueron cremados 27 años después que los de Valentina Ivanova. Pasó casi tres décadas sin la mujer de su vida. Depositados en pequeñas urnas, una al lado de la otra, las cenizas de ambos terminaron juntas en el sótano de la capilla que el cómico mandó construir para ella.

Me cuentan que el hijo adoptivo rara vez viene a visitar la tumba de su padre, y si lo hace se preocupa de ir siempre acompañado de periodistas. No se lo vio por aquí en el Día del Padre de este año y el último 2 de noviembre, Día de Muertos, solo llamó por teléfono al cementerio para pedir a uno de los empleados que pusieran flores, que él pagaba. El sobrino predilecto no viene nunca.


Texto: Carlos Paredes
Foto: Cecilia Larrabure

domingo 29 de mayo de 2011

Salir con chicas que no leen / Salir con chicas que leen




Algunas razones para tener en mente al momento de escoger entre la chica del bar o la de la biblioteca, la del maquillaje corrido o la del morral repleto de libros.


Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.







martes 22 de marzo de 2011

Un Lucho Espinal para 2011

* Xavier Albó

Me resulta más difícil imaginarlo en 2011 que en 2001 o incluso 2008. Escuché una vez al encantador obispo sudafricano y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu decir que le resultaba más fácil proclamar la Buena Nueva durante el apartheid que después de su abolición. “Antes bastaba preguntarse: ¿estás a favor o en contra del apartheid? Si estás a favor, no eres cristiano. Si estás en contra, eres cristiano”.

A Lucho le tocó vivir y ser profeta en Bolivia mayormente durante dictaduras militares. Su muerte violenta, en manos de los esbirros de Arze Gómez y García Meza, hoy ambos presos, fue precisamente la antesala de la peor de todas esas dictaduras. Eran situaciones en que era más fácil plantearse opciones contrapuestas a lo Tutu.

A Espinal ya no le dieron tiempo para discernir cómo ser profeta en otros tiempos y contextos. Simplemente le segaron la vida para taparle su boca. Como acallaron también apenas un día después en El Salvador, tres mil kilómetros más al norte, a otro profeta y además obispo primado de aquel país hermano: Santo Romero de América. En el velorio de Lucho dijo la homilía el entonces joven obispo auxiliar de La Paz Julio Terrazas y dijo “con la desaparición del padre Espinal, lo más monstruoso que han querido que suceda es que se silencie la voz del pueblo. En esas intenciones de eliminar a un hombre que se había hecho la voz de los sin voz parece escondida la intención de silenciar (al) pueblo”.

¿Qué haría y diría, pues, hoy Lucho Pueblo con su cuerpo ya envejecido pero su espíritu siempre joven, lúcido y comprometido? No me quedan dudas de que seguiría acompañando el proceso en medio de sus tropezones, desvíos y conflictos. Lo haría críticamente y sin quedarse mudo, buscando caminos de reencuentro cuando la pasión o el afán de poder empaña la mente o divide.

Fue nombrado por consenso director del semanario Aquí por ser el que mejor podía catalizar y conjugar grupos políticamente distintos y hasta opuestos para juntarse hacia un objetivo común y enfrentarse juntos hacia el enemigo principal.

Las divisiones dentro del MAS, incluida la rotura de la alianza con el MSM, le dolerían y buscaría caminos de acercamiento para distinguir entre discrepancias y oposición. Los líderes de hoy, que en su tiempo tanto apreciaron a Lucho, deberían mantener un poster o foto suya a la vista para consultarle siquiera con los ojos cuando deban tomar decisiones sobre ese tipo de conflictos.

El artista revolucionario buscaría cómo mediar en el conflicto entre el Museo ASUR y la Gobernación de Chuquisaca. ¡Hay mucha semejanza entre la sensibilidad artística y humana de Lucho y la de Verónica Cereceda!

¿Qué diría el crítico de cine ante La lluvia también? O sobre Lucho Sanpueblo, aun si pudiera prescindir de que el título se refiere a él?

Ante Haití Libia, la radiactividad en el Japón... me lo imagino gritando con el pueblo: “Otro mundo es posible ¡y necesario!”

¿Y qué diría el sacerdote y creyente comprometido sobre la Iglesia? ¿Y sobre el artículo 4 de la nueva Constitución?

Lo que queda claro es cómo hasta hoy nos ayuda la memoria, las palabras y la praxis de Lucho Espinal. Seguimos necesitando un Espinal, muchos espinales.

* Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita. Fuente: Cipca

viernes 4 de marzo de 2011

Si te gustó, compártelo