martes 31 de marzo de 2009

El fútbol



* Álex Ayala Ugarte

LO AMO
Amo el fútbol porque es capaz de hacer cantar a cientos de personas a la vez –aunque las canciones en los estadios suelen sonar como los gritos de los borregos en un corral–. Porque es el único deporte que cuenta con una Iglesia –dedicada a Maradona, como no podía ser de otra manera–. Porque, poniéndome del lado de las mujeres, podría decir que no existe nada más sexy que ver a veintidós hombres con las piernas al descubierto corriendo detrás de una pelota. Porque en torno a él se tejen un sinfín de anécdotas (que han sido recogidas en un libro por el periodista deportivo José Maldonado): “¿Sabían, por ejemplo, que en el Uruguay de los años cuarenta se disputó un partido con dos porteros mancos bajo la misma escuadra? ¿Serían capaces de creer que un conejo fue responsables de un gol?”, dice el comunicador. Porque para muchos el gol es la metáfora perfecta del orgasmo. Y porque el mejor jugador del mundo es Cristiano Ronaldo. Y puestos a creer en algo, y en que el fútbol es una religión, mejor entonces ser seguidores de un “cristiano”, ¿no ve?


Amo el fútbol, sobre, todo, por las hazañas que protagonizaron y protagonizan algunos futbolistas: por la irreverente “Mano de Dios” de Diego Armando, por la habilidad y rebeldía de Messi, por el saber enciclopédico de Pelé y por la plasticidad de Di Stéfano, quien según Jorge Valdano “era un delantero de toda la cancha que salvaba goles en su arco y los metía en campo contrario”. Porque hay entrenadores, como Luis Aragonés, que nos deleitan de vez en cuando con frases como ésta: “Digo más veces vete a tomar por culo que buenos días” (premiada por 20.000 votantes del rotativo La Gaceta dello Sport como la mejor del año 2008). Porque puede hacer ídolo realmente a cualquiera –en este sentido, citando nuevamente a Valdano, podemos decir que “es una actividad con demasiados testigos como para permitir el fraude”–. Porque es universal y se juega incluso en rincones del planeta en constante situación de guerra, como la República Democrática del Congo. Y porque no es discriminador, al contrario que el baloncesto, ya que admite por igual a jugadores enormes y a otros que son casi pigmeos.

Amo el fútbol porque ocupa un sagrado lugar dentro de nuestro corazón sábados y domingos –y en el sillón de nuestra casa, frente al televisor–. Porque es redondo, como el mundo. Porque es un juego coral, en el que gana siempre el que está más afinado. Porque es capaz de unir a todo un país –cuando la selección gana, seamos sinceros, disminuyen las protestas–. Porque más vale un partido en cancha de césped que una “raya” en otro tipo de superficie –es decir, es un buen arma contra las drogas–. Porque es un deporte de hombres, y no de nombres, y lo que declina la balanza sobre el campo finalmente es siempre el grupo. Por la pasión de los locutores a la hora de narrar un tanto. Y porque me voy por la izquierda, me voy por la derecha con un gran cambio de ritmo… le hago una gambeta a la siguiente frase, centro el esférico sobre la escuadra… y fiiiiin, fiiiiiin, fiiiiiin de esta columna.


LO ODIO

Odio el fútbol porque siempre he pensado que no hay más boludez que ver a veintidós tipos en calzones atravesando el campo como posesos detrás de un cuerpo esférico –lo entendería nomás si es que fueran tras una mujer con un contorneado cuerpo–. Porque es un deporte capaz de generar guerras –como ocurrió entre Honduras y El Salvador en 1970–. Porque me pone de los nervios cuanto estoy en un café, algún despistado mete un tanto en la televisión y el hijo de puta que está a mi lado me grita goooooool en pleno oído. Porque es una de las mayores expresiones del capitalismo más salvaje –pues con lo que se les paga a algunos jugadores se podría cubrir la deuda externa de algunos de los países más pobres del planeta–. Porque en días de partido son muy pocos los que responden a mis llamadas –y no hay nada que me empute más que conversar con los contestadores–. Y porque, como dice un tipo en su blog, qué mierda de raza la mía que es capaz de parir cosas tan desoladoramente bellas como la Segunda Sinfonía de Serguéi Rachmáninov y que, al mismo tiempo, no se corta en emprenderla a puñetes en la calle porque “tu equipo es peor que el mío” o porque “el marica del árbitro nos robó el partido”.

Odio el fútbol porque muchos equipos (protagonistas de encuentros soporíferos) tardan más en meter un gol que yo en hacer un hijo. Porque todo el mundo la toma una y otra vez con los men in black. Es decir, con esos tipos que llevan tarjetas rojas y amarillas y que, cual semáforo, ponen orden dentro de la cancha. Porque muchos jugadores viven en un constante “fuera de juego”, de boliche en boliche y de trago en trago. Porque cuando hay Mundial las bajas médicas por enfermedad se reproducen. Porque los días de partido las trancaderas me hacen llegar tarde a casa –y acordarme de la madre de tres o cuatro pelotudos por el camino–. Porque es una vergüenza el que tenga que venir un español para hacer que nuestra selección supere una ronda clasificatoria. Porque hay quienes lo combinan con las artes marciales –el resultado: lesiones a veces de por vida–. Y porque hay gente bruta que se sabe alineaciones de memoria pero que luego te dice que La Paz es la capital de la República.

Odio el fútbol porque no aguanto a los que tienen la radio prendida a todo volumen en las graderías para que les cuenten exactamente lo mismo que tienen ante sus narices. Porque junto a la religión y la política es parte de un triángulo perverso –responsable de la compra de muchísimas conciencias–. Porque ya estoy hasta los huevos de que los que se ven afectados por los controles anti-doping echen siempre la culpa a los inofensivos mates de coca –y es que para dar positivo, según expertos, se deben consumir litros y litros–. Porque los hombres lo ponen como excusa para no cumplir con sus obligaciones maritales –y funciona mejor que lo del dolor de cabeza–. Y porque alrededor de él se ha desarrollado toda una industria lucrativa –de poleras, banderines y hasta rosarios– que sólo beneficia a los ya de por sí multimillonarios jugadores y a sus clubes. Odio el fútbol, sí, pero al menos tengo que reconocer que es un deporte con pies y cabeza.
* Álex Ayala escribió esta columna en su ahora hoy desaparecida sección: elabogado&eldiablo, en Pulso.

4 Malapalabrerías:

Jorgito dijo...

Gana Argentina, 3-0. Aposté 50 Bs.

Golazo dijo...

Perdiste huevón. Arriba Bolivia!!!

Matador dijo...

FESTEJEN MUCHACHOS, UNA SOLA VEZ SE LE GANA A ARGENTINA...

Anonimito dijo...

y 6-1!
viendo el partido con amigos
carlitos:gooooooooool si se puede se la vamos a hacer a los gauchos!!!!!

el gaucho:claro saben que solo con la altura pueden

carlitos:no te hagas rafa ese fue un golazo y no ta hagas al boludo que se lo merecian

jose:bueno no podia durar mucho pero creo q hasta podemos empatarles

gaucho: Argentina 1, La Altura 1
carlitos: Callate hablador de ^!#*~@
(muchos goles mas tarde)
Jose: Argentina 1, La altura 1, BOLIVIA SEIIIIS

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