* Ricardo Bajo
1.- Rojo, amarillo, verde es una película fallida (aburrida y pretenciosa) por múltiples razones. Desilusiona en exceso quizás porque se creó demasiada expectativa. Quizás porque detrás de ella están dos de los “niños terribles” del cine boliviano, quizás porque éstos mismos (Bellot y Boulocq) pusieron el nivel demasiado alto en sus “operas primas” (hay directores bolivianos que jamás han conseguido superar su debut, Marcos Loayza y su espléndida Cuestión de fe es un ejemplo), quizás, quizás, quizás…
2.- La crítica ha recibido a Rojo, amarillo, verde con medias tintas con las típicas frases hipócritas del estilo “está bien nomás, me gusta más Rojo que Verde”. Y las palabritas del estilacho que cita Villagómez, “encomiable esfuerzo” y demás ralea. Casi todas las reseñas se han ocupado de analizar por separado los tres cortometrajes, evadiendo un pequeño problema: Rojo, amarillo, verde ha sido concebida y es una película. Y en ese pequeño gran problema de inicio, falla pues el hecho de juntar en una sala de montaje tres cortos (por cierto desiguales) no hace un filme. Y el reto no era sencillo pues experiencias similares en cinematografías extranjeras tampoco pudieron conseguir un resultado satisfactorio.
3.- Y lo peor no es que Rojo, amarillo, verde no alcance la categoría de película (sus tímidos intentos por dar coherencia y unicidad a las tres historias no alcanzan). Lo más criticable son sus ínfulas pretenciosas pues la “película” vino precedida (parece que la prensa y el público olvidó ¿deliberadamente? esto) de un respetable, valiente e ignorado manifiesto de los tres autores, lanzado hace un año exactamente. Y un manifiesto no es cualquier cosa, pues. Es una declaración de intenciones, es un grito cargado de ideología y pensamiento. No todos los días se lanza uno a la calle para semejante tarea en nuestro cine boliviano. Y un manifiesto debe venir acompañado de una película que respalde, sustente y avale toda la artillería y munición. Como el Dogma 95, pues, por poner un ejemplo.
4.- ¿Y qué decía la “Declaración de las 3 Bs? En su punto tres decía: estamos en contra de la pornomiseria. Aquellas imágenes comunes que se espera del llamado cine del tercer mundo. Nuestro cine no se aprovecha de la situación política o la coyuntura o la pobreza o la desgracia ajena para conseguir públicos. Y entonces, me pregunto: ¿qué hace Bellot traicionando su trayectoria con ese simulacro de musical cruceño ridículo aprovechando la pobreza y la situación política autonomista? ¿Y qué hace Boulocq con su chica cancerígena? ¿No era que nosotros no hacemos pornomiseria? ¿O hacemos pornomiseria intimista, con pequeños dolores y dramas, sin mineros, sin indígenas, sin “nadies”, sin pararnos a pensar en qué país vivimos, en qué tiempos tan “ricos” y tan “pobres” nos tocó vivir?
5.- En el punto número ocho de la Declaración dicen los muchachos que no hacen cine con pretensiones políticas o partidarias, que su cine es puramente generador de opiniones y emociones y que se aleja de los grandes temas y verdades, para luego añadir: el arte de hacer un cine personal y auténtico es finalmente transcendental y revolucionario. Utilizar los colores de la bandera en una película después de un manifiesto con semejantes cargas de profundidad “revolucionarias” exigía dar un paso más allá de referencias cromáticas. Es decir se esperaba una “lectura”, un “mensaje”, un “concepto” acorde con ese tres colores, que no son cualquiera, así como no lo eran para Kieslowski quien supo unir ideas a sus famosos blanco, azul y rojo. A lo sumo, Bellot, Boulocq y Bastani nos vienen a decir que la patria es la madre. Aunque si jugamos a reduccionismos postmodernos de adolescentes, me quedo con el de Javier Marías, la patria es la infancia. ¿Será que la intención y deseo de hacer cine rápido y en medio de otros proyectos más grandes de los tres directores ha sido la razón principal que ha complotado para impedir una llegada a buen puerto? ¿O hay más razones?
6.- Hoy por hoy estrenar una película toma más atención y dedicación que escribirla y rodarla, así como criticarla o desecharla es más cómodo que asimilarla y dialogarla (punto doce y último). Para futuras balas contra este crítico por resentido y rejodido, además de insatisfecho con su propia vida miserable, va mi defensa: no desecho Rojo, amarillo, verde, dialogo con ella aunque a ratos la desilusión, el silencio, el vacío y la monotonía me ganan. Y me da rabia pues tengo la absoluta certeza que los tres directores tienen mucho más que dar al cine boliviano. Y que pronto lo comprobaremos. Un resbalón, producto de las prisas, del ego infalible y de los malos consejeros, lo tiene cualquiera, hasta los más grandes.


