
* Ricardo Bajo
1.- Yo confieso que El Ascensor se ha convertido en la sorpresa grata del año en el cine boliviano. Sin pretensiones, sin hacer mucho ruido, calladitos, con bajo presupuesto (incluso para nuestro cine pobre, 90.000 dólares) y con un acabado digno (cuidada fotografía a cargo de Juan Eduardo Serna y limpio sonido de Verty Bracamonte, que nos aleja poco a poco de esas películas bolivianas faltas de rigor e insufribles en lo técnico). El desafío era gigante. Un director-guionista novel y osado (Tomás Bascopé, 28 años), con apenas experiencia en la asistencia de dirección en una película que pasó desapercibida (I´m Bolivia), venido del teatro, se “encierra” en su “ópera prima” con tres actores en un ascensor durante hora y media. Desafío actoral, desafío de guión, desafío de montaje, desafío de producción (a cargo de Jorge Sierra de BolAr producciones). Y si bien, la película se cae por varios momentos (y levanta vertiginosamente cual montaña rusa), consigue en un alarde de dirección, interpretación, montaje (Dennis Gil, también encargado de unos sobrios y acertados efectos especiales en 3D, por primera vez en el cine boliviano, a la altura del filme) y diseño de arte (Cindy Rivero), mantener la tensión narrativa y la incógnita sobre el futuro de esos tres pobres diablos. Y eso ya es mucho.
2.- Yo confieso que uno de los grandes aciertos de El Ascensor es la dirección de actores y la propia interpretación de Pablo Fernández (en el papel del “joven Héctor”), Jorge Arturo Lora (el apesadumbrado y racional “Carlos”) y Alejandro Molina (el entrañable “Johnny”, contrapunto humorístico que se roba el show de la platea). Fernández demuestra su verdadera talla de actor, alejándose con brillantez de sus típicos papeles humorísticos cinematográficos y televisivos . Lora confirma lo ya apuntado en otras películas con un actuación sobria, contenida, ensimismada y expuesta a primeros y medios planos que “destrozarían” a cualquier otro actor con más galones mediáticos. Y Molina se convierte a través de sus golpes de humor y su histrionismo comedido en la verdadera revelación del filme.

3.- Yo confieso que el humor de El Ascensor es machista, sexista (“a esa tipa se la meto y no se la saco ni para mear”, dice Johnny) y homofóbico (“vamos, confiesen algo de lo que se averguencen, yo confesé que soy gay”, dice Andrés. Y las relaciones en los personajes están cargadas de clasismo (siempre con la clase alta, “cagando” a la media y ésta “sacando su puta” a la baja). La película dibuja un retrato brutal y ácido de una ciudad como Santa Cruz (y por ende, Bolivia) donde lo que prima y se premia es el engaño, la corruptela, el robo y el autoritarismo. El “mensaje” final televisivo sobre el “debe ser” nacional, sobre la deseada arcadia feliz tras el desenfreno del Carnaval molesta y sobra. ¿O acaso toda y absolutamente toda nuestra producción fílmica debe llamar a la unidad y la paz entre hermanos? ¿No podía terminar esta tragicomedia social y pesimista con el logrado dramático final sin forzados llamamientos patrocinados por la Conferencia Episcopal? Y por cierto, hablando del final, ¿era necesario, obedeciendo a una típica mentalidad judeocristiana, condenar a los personajes y más después de un discurso conciliador interclasista y de alabanza al diálogo, la compresión y la igualdad que pedía tal vez un “happy end”? ¿No existe ahí un contrasentido?
4.- Yo confieso que hay cosas que me molestan (pocas) de El Ascensor. Amén del comentado mensaje “pontíficio” del final. Y una de ellas, es el recurso fácil, típico de comedias gringas estúpidas, de las escenas “oníricas” y surrealistas (¿homenaje al “El Gran Lebowski”?), que tan solo logran “sacarte” de la tensión argumental y del duelo a tres bandas de los personajes. Otra de ellas, el personaje de Mario Chávez (“Rambo”) que no aporta mucho más allá de la satirización estereotipada.
* Ricardo Bajo es periodista. Nota tomada del periódico digital de Erbol.








