lunes 22 de marzo de 2010

“Te habrán matado la carne con un torrente de fuego, pero jamás la palabra y menos el pensamiento”




* Lupe Cajias

Recuerdo aún con nitidez cómo la rabia reemplazaba al dolor, cómo la ira daba fuerza a la mano en el teclado, cómo la impotencia aumentaba el caudal de lágrimas que no dejaban distinguir las letras que debían llenar aquella edición de lunes, número extraordinario, número tristísimo porque habían torturado y asesinado al director del Semanario “Aquí”, Padre Luis Espinal Camps.

Entonces copié un título o una frase de un verso que había leído, aunque alguien me aseguró que en realidad era una canción, una canción que la compuso o, por lo menos, la interpretaba el cantautor cubano Silvio Rodríguez.

¡Quién sabe! Es curioso porque nunca más volví a leer esa oración y nunca escuché la melodía, si la tenía. Sin embargo, las pocas palabras encerraban el sentir del momento, abarcaban el sacrificio del muerto y a la vez impregnaban de futuro aquello que se sabía seguro: los muertos como Luis Espinal no mueren.

Habían matado su carne al amanecer del sábado 22 de marzo de aquel fatídico año de 1980. Lo secuestraron en la víspera, Viernes de Pasión, al promediar las 11 de la noche cuando retornaba de asistir a la película de la semana en el “Cine 6 de Agosto”. Había visto “Los desalmados” y preparaba para su programa habitual en “Radio Fides” la crítica que jamás escucharemos. Era tarde.

Un comando de paramilitares relacionados con grupos de la ultra derecha boliviana, con asistencia argentina dentro del esquema del “Plan Cóndor”, había elaborado una lista de 150 personas para plagiarlas, torturarlas, desaparecerlas, matarlas, igual que había organizado la “Triple A” en Argentina.

Luis no era el número uno, creo que ocupaba el puesto 16 y hasta ahora no se sabe por qué lo eligieron. Quizá porque estaba indefenso, quizá porque así afectaban a los periodistas rebeldes, a los religiosos comprometidos, a los artistas.

Le echaron un torrente de fuego, casi parten su delgado cuerpo con el tronar de las balas, después de una larga sesión de tortura en un lugar surrealista, el Matadero Municipal en Achachicala. Habrán visto sus ojos limpios, su gesto adolorido, su boca sin quejas. Lo mataron horas después y lo botaron en un escampado, hacia el norte, donde aún vivían campesinos, al borde de la ciudad paceña.

No lograron matar su palabra. Por eso era tan importante editar el número extraordinario de “AQUÍ” y seguir el próximo sábado y el otro y el otro, mientras sus amigos cineastas reproducían sus críticas y los curas sus oraciones, igual que los de Derechos Humanos. Los vecinos bautizaban con su nombre la plaza, los estudiantes el colegio, los jóvenes el centro comunal. Luis, Luis, Luis.

Aún habría el horror del crimen contra el Santo de América, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, las muertes de monjas torturadas y violadas, el asesinato de los seis jesuitas en San Salvador, de los catequistas en Guatemala.

No le mataron el pensamiento. Es más, la reacción popular contra la muerte de Luis Espinal fue tan fuerte que la serie planeada no continuó. El mártir salvó a los otros. Quedó su ejemplo, su palabra, su pensamiento.

* Lupe Cajias es periodista.

3 Malapalabrerías:

Zymar dijo...

Bueno supongo que ahora por ser cura no importa que haya sido igual de significativo que marcelo Quiroga

SATAN O NATAS dijo...

LO ÚNICO QUE NO ME EXPLICO ES... POR QUÉ CARAJO NO SE TILDARON TAMBIEN AL CURA PEREXZ IRIBARNE

Justo Almario dijo...

Tal vez se acuerden que Lucho era cura. No mataron su alma. Hasta las ideas las sepulta el tiempo.

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