lunes 22 de marzo de 2010

Treinta años con Espinal

Obra de Gastón Ugalde.

* Lupe Cajias

Es difícil de asimilar: ¡30 años! Es el equivalente a una generación que se calcula cada cuarto de siglo. Es casi la misma cifra del proceso democrático que se desarrolla en Bolivia. Es pasar desde la oscura década de los ochenta —casi inservible para los países con menor ingreso relativo— al modelo económico liberal, a la explosión indígena, a la conquista de gobiernos revoltosos en casi toda la América Latina y el Caribe. Sin embargo, son sólo un puñado de años en la historia larga de los pueblos colonizados que luchan por su autodeterminación desde hace cinco siglos.

En ese contexto hay figuras que no envejecen, que no se traicionan a sí mismas ni a sus principios, que no se agotan en el combate ni en el recuerdo, que no se secan en la sangre o en las tumbas, que no desaparecen porque son cientos que las mantienen vivas en la memoria.

Una de ellas es la del cura catalán, jesuita y crítico de cine, austero y juvenil, disciplinado y lleno de humor, comprometido y gustoso de la comida boliviana, tranquilo y feroz. Luis Espinal Camps escogió vivir y morir por un pueblo que no era el de sus padres, de sus antepasados, una nación casi clandestina, en construcción.

En estos días oiremos, leeremos, asistiremos a muchos homenajes y recordatorios. Son treinta años de su martirio, treinta años de su sacrificio, de las torturas, del calvario personal desde Miraflores al matadero municipal en Achachila, desde el este de la ciudad al norte ensombrecido.

Sus colegas y amigos jesuitas preparan rezos y plegarias. La Iglesia católica lo tiene presente, aunque en una época muy diferente. No es la misma Conferencia Episcopal que se plegaba a la lucha popular con Monseñor Jorge Manrique a la cabeza. No es igual la Confederación de Religiosos y Religiosas y tampoco hay tanta vida en las Comunidades de Base como en la época de Espinal. Es más, algunos sacerdotes lamentan que la actual es una Iglesia del silencio, alejada de los pobres.

También lo recordaron en Derechos Humanos, aunque también la Asamblea que él ayudó a fundar y a consolidar, ha enfrentado diversas crisis internas y a pesar de los esfuerzos de sus militantes más antiguos ya no es la referencia impecable de los tiempos de más combate y de mayor independencia política.

Los periodistas confrontan otras discusiones aunque tanto se nombre a Luis Espinal. No es el mismo debate de los años setenta, ochenta, cuando se tenía la utopía de un nuevo orden informativo, no sólo para dar voz a los sin voz, para publicar lo que la gran prensa silenciaba, sino para la práctica de la ética personal cotidiana y la estética de la palabra precisa, correcta.
Obra de Walter Solón Romero.

Los compañeros del Semanario “Aquí” tomamos diferentes rumbos, quizá Espinal nos hubiese criticado, censurado, con su postura inflexible. No fuimos capaces de sembrar, de crear escuela, de asimilar a los jóvenes para una propuesta de comunicación alternativa.

A Espinal le gustaba el cine, el buen cine y el cine comprometido con su realidad, el cine que ayudaba a reflexionar. Seguramente estaría feliz con la avalancha de nuevos autores como Rodrigo Bellot, Tomás Bascopé. Parece que son ellos los que menos fallaron a Espinal, sus amigos Jorge Sanjinés, Pablo Agazzi, Antonio Eguino.

Entre los estropicios diversos, la creatividad está vigente, latente, vigorosa. Él, como Líber Forty, siempre repitió que el arte es la salvación más cierta, la cultura es la balsa menos contaminada, el cine es la ilusión más verdadera.

* Lupe Cajias es periodista.

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