
* Pablo Javier Deheza
Muchas cosas, muchos mundos, muchas voces confluyen en El árbol de los recuerdos. En sí, la figura misma del árbol de la novela indica el significado de la obra. La novela es ese árbol en el cual se han colgado los recuerdos de Andrés Caicedo y de Homero Carvalho para que puedan, de ese modo, encontrar su salvación de ataque del olvido, esa vorágine que lo devora todo. En ese trayecto es, en la literatura, donde acabará obrándose la magia de la salvación.
Un rasgo central para tener en cuenta al leer la novela es el hecho de que se trata de una obra hecha desde la sinceridad. Todo lo que está dicho es verdad; hasta las mentiras no mienten y terminan revelando la verdad. Homero Carvalho nos entrega una obra madura de un autor maduro en pleno despliegue de su sapiencia de escritor. ¿Está de más decir que no hay página que no encierre algo deslumbrante para quienes son amantes de las palabras?
EL ÁRBOL Y EL RÍO
El árbol de los recuerdos conforma un delta en el derrotero literario de Homero. En la novela, Andrés explica a Homero que el pez del cuadro que pintó Romaneth Zárate -el que es ahora la portada de la novela- tiene sentido porque el pez es agua y ellos vienen de los reinos del agua. El agua acompaña desde hace mucho la obra de Homero y son muchos los ríos de la vida se han juntado para dar lugar a éste árbol de palabras. Muchos hilos de vivencias que necesariamente implican maduración y transformación.
A su vez, la obra misma se constituye en un río literario del cual el lector emergerá siendo otro. El arte de la novela boliviana también se verá transformada por El árbol de los recuerdos. Pasa que Homero nos aporta en la misma con una mirada sincera y necesaria al mundo de los literatos bolivianos, rescatando del mismo esas hermosas complicidades que ahí se encuentran y se celebran, pero también nos muestra su hemisferio oscuro, ése que está hecho de miserias, envidias y silencios.
EL RÍO DE LA PALABRA
El árbol de los recuerdos es una novela que está escrita dentro de los cánones del boom. La oración precisa, los tiempos verbales sencillos y claros, puntuación disciplinada, espacio para lo lúdico y la salida poética e ideas bien expuestas. Homero declara que la novela tiene también orígenes en la poesía confesional iniciada por Robert Lowell y William De Witt Snodgrass, luego continuada por Sylvia Plath. Bajo esta aproximación, el autor escribe sobre temas que le causan miedo o vergüenza para poder explorar los mismos y enfrentarlos; quedará la palabra escrita como un testimonio inacabado y crudo acerca de sí mismo. Esa aproximación a la palabra ha de determinar una relación central entre lo que se cuenta y lo que es. La palabra es verdad y El árbol de los recuerdos es una novela de verdad.
EL RÍO DE LA LOCURA Y LOS RECUERDOS
Homero indica que lo que lo motivó a escribir la novela fue la condición humana, reflexionar acerca de las enfermedades mentales, de la locura. A su vez y a través de la misma locura Homero nos retrata una sociedad, nuestra sociedad, con sus carencias y su necesidad urgente de terapia mental colectiva; una lobotomía democrática y sobre la marcha para todos.
Andrés Caicedo encomienda a Homero el rescate de sus recuerdos por medio de su escritura; esos recuerdos que el olvido se los está arrebatando. A partir de ese intento por salvar la memoria del olvido, de la disociación del ser, de la locura, es que Homero nos presenta a la realidad en desfile ante nuestros ojos. El árbol es el lugar donde, a partir de los recuerdos y las palabras, han de ser invocados todos. Se nos aparece también la crueldad y la enfermedad de lo socialmente normal. Andrés Caicedo es de lejos un ser mucho más humano que muchos que vemos pasar en la novela.
En una sociedad demente como la nuestra, algunos tienen permisos ocasionales para realizar actos que puedan afectar negativamente a otros y lo llamamos locura; pero de muchos seres normales se espera que al final del día hayan afectado negativamente a muchos otros seres y llamamos a eso éxito. La indiferencia y las miserias no pertenecen al mundo de la locura, pero son la moneda corriente del mundo; constituyen su normalidad.
EL RÍO DE LAS VOCES
Otras aguas que discurren a lo largo de la novela son las del mundo literario boliviano. Por ella se verá pasar a más de una generación de escritores bolivianos; muchos con sus luces y que aparecen con su nombre, muchos con sus sombras y cuyos nombres son velados con un generoso silencio. El árbol de los recuerdos nos presenta un retrato necesario del mundo literario boliviano.
Muchos creerán que las coincidencias son casuales: no lo son y dense por aludidos. Era necesario que alguien cuente las cosas que Homero nos relata en la novela. Nos hace bien nombrar esas cosas, verlas escritas, nos hace bien asumirlas porque sólo así podremos trascenderlas. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Nadie que se sumerja en esta novela saldrá igual.
LA CONDICIÓN HUMANA
El árbol de los recuerdos es una novela donde no pasa nada pero pasa todo y pasan todos; como nuestro país, o sea que no quedan dudas de que se trata de una novela boliviana. Homero nos muestra que la esquizofrenia es también parte de la experiencia humana; que la humanidad, la sensibilidad y la belleza existen asimismo en lo que funciona diferente.
A partir de sus diálogos con Andrés, el autor nos enseña que la lucidez, la poesía, la fraternidad y la divina humanidad que existen en el alma y la psiquis de cada uno siguen estando ahí, más allá de los prejuicios y las taras sociales. El árbol de los recuerdos es una afirmación de la vida, una celebración del espíritu, un elogio de la amistad y una voz de esperanza.
En un mundo y un país que parecen salidos del otro lado del espejo, quizás alguna voz interior eligió apropiadamente este título para Andrés y Homero, y no por sus recuerdos, sino porque ambos son los únicos que están ‘re-cuerdos’ y esta novela es su árbol.
* La nota y la foto corresponden al periódico El Deber.

0 Malapalabrerías:
Publicar un comentario en la entrada