* Pablo StefanoniLa naturaleza se volvió a ensañar con esta pobre nación caribeña –“la más pobre de América”, suelen escribir, como una fórmula mecánica, la mayoría de los diarios–. Pero como es sabido, la naturaleza no opera en el vacío. Si los huracanes y terremotos asolaron a la isla de lo “real maravilloso” (Carpentier) desde hace siglos, sus gobernantes y las potencias imperiales no fueron más benevolentes. Pero, esta vez, la catástrofe fue devastadora: hacían falta 100 mil muertos y un país acabado para conmover al mundo, ni el palacio de Gobierno se salvó del movimiento telúrico. Y ensañada, la tierra siguió temblando en medio de los llantos, la impotencia y la desolación… La capital, Puerto Príncipe, pasó a ser una sucesión de montañas de escombros y restos humanos, todo revuelto. Un tercio de la población haitiana está herida o se quedó sin casa. Incluso la sede de Naciones Unidas se derrumbó y 150 empleados estaban desaparecidos.
“El defensor de los pobres”La épica rebelión de esclavos contra los franceses, en 1804, dio lugar a la primera república negra del continente y a la primera abolición oficial de la esclavitud en Occidente. Pero después del primer grito libertario americano, la historia de Haití puede narrarse como una sucesión de calamidades, y “los déspotas, la corrupción, los fracasos, la deforestación, el analfabetismo y enfermedades casi bíblicas”, que describe El País, no fueron ajenos a la permanente injerencia imperial, de Francia o de Estados Unidos, o de ambas potencias juntas, como cuando en 2004 el presidente Jean-Bertrand Aristide fue metido en un avión y enviado a Sudáfrica en un golpe apoyado por Washington y París, interpretado como un acercamiento de ambos países luego del rechazo galo a la guerra de Irak. Aristide había irritado a París al pedir reparaciones por 21.000 millones de dólares, suma actualizada equivalente a lo que Haití pagó a Francia, como el precio de su independencia: en aquella época, 90 millones de francos-oro. Poco después, miles de efectivos de la “misión de paz” de la ONU, dirigida por Brasil –y de la que participa Bolivia– se dedicó a mantener el orden y reprimir a los descontentos. Y en un contexto de integración “solidaria”, como el ALBA, no estaría de más preguntarse: ¿el futuro de Haití –sumergida en una profunda desintegración social– será por la vía militar de la ONU o mediante la cooperación continental, independiente de las grandes potencias y en el marco de una visión latinoamericanista y articulada a los intereses de las empobrecidas mayorías populares haitianas?

Tempranamente, en 1915, fueron los "gringos" los que invadieron a la mitad occidental de la isla La Española –compartida con República Dominicana–. Estuvieron hasta 1934, y se retiraron cuando lograron sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros, es decir, a los norteamericanos. El Banco de la Nación, se convirtió en sucursal del City Bank de Nueva York. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado –recuerda el escritor Eduardo Galeano– justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”. Hoy la teoría política diría que Haití es un auténtico “Estado fallido”.
Ni el popular vudú ni la magia negra pudieron parar las sucesivas catástrofes. Expertos en medio ambiente dicen que Haití es el peor caso de deforestación en el hemisferio occidental, debido a que el carbón de leña (debido a la pobreza generalizada) es la principal fuente de combustible de esa azotada nación caribeña. El 98 por ciento de los bosques fueron arrasados, y Haití se transformó en un desierto en medio del Caribe. Según el PNUD, solamente un 2 por ciento del territorio nacional tiene cobertura forestal. François Duvalier (Papa Doc) instaló en 1957 una brutal dictadura, sostenida en los paramilitares conocidos como Tonton Macoutes, y continuada por su hijo Jean-Claude (Baby Doc) hasta 1986. Miles de opositores fueron asesinados. Las ayudas internacionales terminaban en las cuentas personales del dictador que en 1964 se declaró presidente vitalicio y luego su hijo siguió la misma escuela. Cuando tuvo que retirarse del poder, y ayudado por la embajada de EE.UU., el tirano junior y su esposa se fueron al exilio en la exclusiva Riviera francesa. Entretanto, el cuerpo de Duvalier padre fue desenterrado y apaleado por una multitud. Dicen que Baby Doc y Michelle se llevaron unos 100 millones de dólares, después de haber gastado otros varios millones en un estilo de vida de multimillonarios de primer mundo en un país de hambrientos y miserables… Michelle -parte de la elite mulata haitiana e hija de un rico empresario- logró que su boda apareciese reseñada en 1980 en el Libro Guinness de los récords como la más cara de la Historiapero eso no impidió la bendición de la madre Teresa de Calcuta, a quien entregó la legión de honor en 1981, después que la religiosa los definiera como “defensores de los pobres”.

En 1988 comenzaron los problemas. Un cuaderno de Michelle requisado por autoridades francesas -en una investigación a pedido del gobierno haitiano- reveló que la factura telefónica de un solo mes ascendía a 10.475 dólares, en la joyería Boucheron habían gastado 455.000 dólares y por un encendedor pagaron 13.000 dólares. Los datos económicos que posteriormente se presentaron ante un tribunal local revelaron que, en poco más de un año, Michéle había gastado 700.000 dólares en joyas y otros 180.000 en vestidos de Givenchy. Más tarde, el divorcio de Baby Doc y la requisa de sus cuentas en Suiza -y el congelamiento de propiedades en EE.UU.- arruinaron al playboy. Michele se divorció de él en 1991 y dicen que se trasladó al elegante distrito 16º de París con un amante libanés, buena parte de la fortuna familiar y los dos hijos que tuvo con Duvalier.
Dios los abandonó… EEUU no“[Las elites haitianas] Son como un enorme elefante sentado sobre este país, al que no dejar moverse. Y no se puede mover porque no hay una clase política, no hay partidos políticos. Todos se corrompen y pervierten”, retrató a los grupos de poder locales (gran parte de ellos mulatos que siguen despreciando a los negros, de piel algo más oscura) la ex primera ministra Michèle Pierre-Louis.

Para sacarse a ese elefante de encima, en 1990, los haitianos apoyaron masivamente a Aristide, “la voz de los sin voz”, el sacerdote de las enormes e insalubres barriadas populares, y a su movimiento Lavalas (Avalancha). ¿Quién mejor que un cura para redimir a un pueblo crucificado por tiranos, imperios y catástrofes naturales? No era un buen momento: Washington había invadido Granada seis años antes para derrocar a un gobierno de izquierda y acababa de poner de rodillas a los sandinistas en Nicaragua.
Y con el aval de George Bush padre, y con la ayuda de la CIA, al general Raoul Cédras le llevó apenas siete meses derrocar al nuevo jefe de Estado haitiano: a partir del 29 de septiembre de 1991, en medio de un caos preparado, las calles desbordaban de cadáveres de partidarios de Aristide… unos 4.000 muertos. Hubo que esperar a 1994 para que Washington cambiara de opinión y, con el aval de la ONU, Bill Clinton restituyera al ex sacerdote en el poder. Pero ya no era el mismo: no era el pueblo quien lo hizo sino las bayonetas estadounidense, después de tejer fuertes vínculos con sectores del Partido Demócrata. “Víctima y verdugo”, lo definió el mensuario Le Monde Diplomatique por esos tiempos. Y “sus nuevos amigos demócratas estadounidenses, al instalarlo nuevamente en el poder, recogerían los grandes beneficios de las futuras privatizaciones, fundamentalmente en el sector de las telecomunicaciones”. Una anécdota contada por el ex ministro de Educación de Aristide, Jean-Claude Bajeux: “El primer ministro Michel Smarck propuso [en una reunión de Gabinete] preparar los llamados a licitación, pero el Presidente lo interrumpió: ‘¿Por qué no nos organizamos para repartirnos esas cosas entre nosotros?’”. También el ex religioso/presidente se hizo construir una suntuosa residencia en Puerto Príncipe.
“A falta de ejército (que Aristide disolvió al volver del exilio) y teniendo en la memoria el golpe de Estado de 1991, el régimen distribuyó armas a los funcionarios del gobierno, en las municipalidades, en las villas miseria, a pequeños caudillos en busca de justicia social, a elementos del lumpen-proletariado. Pero, una vez armados, muchos se volvieron exigentes y peligrosos. Comenzaron pidiendo un poco de poder y luego se comportaron como bandas criminales, se organizaron en redes de tipo mafioso coordinadas en secreto por la policía, que desarrolló con ellos todo tipo de operaciones, desde secuestros hasta narcotráfico. A la vez, controlaban férreamente los barrios, atacando a los manifestantes opositores e incendiando los locales de otras organizaciones políticas ‘para apoyar al Presidente’”, explica un artículo del periodista francés Maurice Lemoine. La ilusión duró poco.

Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”- apunta Galeano. Su país lo escuchó. Estados Unidos demoró 60 años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. “Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia, y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar”.
Ahora, nuevamente, por unos días, el mundo y sus líderes se conmoverán por Haití y por la “mala suerte” de esta nación que venció a Napoleón, y hoy es sinónimo de todas las plagas bíblicas juntas, venidas y por venir.

Ya lo dijo Barack Obama: “Quiero hablar directamente al pueblo de Haití, ustedes han conocido mucho sufrimiento durante mucho tiempo y tener que enfrentarse con este nuevo desastre puede hacer que se pregunten por qué Dios los ha abandonado, queremos decirles que no los olvidaremos, no los abandonaremos. Los EE.UU. estamos a su lado, el mundo lo está, han resistido una historia de esclavitud y su fe ha sido inquebrantable”. Y el premier francés Nicolas Sarkozy no se quedó atrás: “Después de esta catástrofe, que ha seguido a muchas otras, hemos de asegurarnos de que Haití tenga la oportunidad de una vez por todas de salir de su maldición”.
* Pablo Stefanoni es periodista, nota tomada de Pulso












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