Iglesia en Valparaíso asegura que no tenían idea de la denuncia por abuso
de ex seminarista
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El obispado de Valparaíso reaccionó esta tarde a la dura denuncia que hizo
el sacerdote protestaste y ex seminarista Mauricio Pulgar en Radio Biobío.
Se...
viernes 10 de septiembre de 2010
jueves 2 de septiembre de 2010
Por favor, no me beses*

En lo más profundo de cada uno de nosotros vive un prejuicio. El periodista Marco Basualdo sacó a pasear el suyo por las calles de La Paz. Buscaba, entre hombres, nuevas compañías. No encontró otro amor, pero halló un amigo.
Por: Marco Basualdo / Fotos: Mauricio Acevedo
* Título de un libro de Beto Ortiz
Cansado de la deslealtad femenina, un buen día no hace mucho me embarqué hacia caminos prohibidos para un “hetero” machista. Pensé en buscar compañía. La soledad me estaba matando y, como soy un insoportable enamoradizo, tras una noche de lorazepanes que el médico me había recomendado, se despertó en mí la curiosidad por conocer ya no a otra mujer, sino a un hombre que ama a otros hombres. Sabía (al menos lo intuía) que no iba enamorarme de un ser de glande-colgante, así que por qué no lanzarme a la aventura, yo, que quería purificar el alma herida.
Los homosexuales, maricas, gays o como quieran llamarlos siempre habían estado presentes en mi vida. El primero que se me viene a la memoria es Darío P., compañero de la secundaria en un tradicional colegio bonaerense donde absolutamente todos, pero todos los chicos, se burlaban de él haciendo poses repugnantes o manoseándolo fingiendo placer.
Yo también caí en el juego. La pequeña sociedad que es la escuela me exigía ser uno más de la masa activa. Hasta que una tarde encontré a Darío balbuceando en un baño donde todos los chicos aprendimos a ser “hombres”. Lo escuchaba y lloraba como una wawa a la que le quedan pocas lágrimas. Lo reconocí mirando por debajo la puerta, pues llevaba las zapatillas rosadas que tanta burla y desgracia le habían causado.
Darío tenía un hermano mayor que no le hablaba en el colegio porque decía que su sola presencia lo irritaba;y recuerdo que se marchaban a casa por separado.
La discriminación hizo lo suyo en este casoy Darío P. sólo alcanzó a cursar hasta el tercer año de la secundaria, donde hicimos amistad,pues el destino hizo que nos sentáramos en la misma banca. Ahí supe que odiaba que le dijeran “puto”. Pues no lo era. Simplemente era un hombre con mucha ternura, pienso ahora.
Medias nylon
Pero en cuanto entramos en confianza me contó una metida de pata de su hermano con un travesti; y me dijo que por la zona del Cementerio había un local donde iban“personas raras”, a veces disfrazadas y pintadas con mucho rubor y maquillaje.
“Entonces vamos allá”, fue mi sugerencia. Y entre alcohólicos del soldadito en mano, gente que vive de la basura ycleferos dimos finalmente con el lugar frente a una de las esquinas del Cementerio General, con el nombre de Calypso y donde sí, evidentemente, había algunos muchachos y muchachas “del otro equipo”.
El Calypso está enclavado en un barrio popular, de gente que labura de día y de noche. El lugar guarda las características de los bares de la zona norte paceña: luces rojas y azules, olorpestilente, baños sin seguros, paredes descuidadas y pósters de hermosos hombres y mujeres de perfil occidental que nada tienen que ver con los asiduos concurrentes de esta cantina con olor a humedad, trago y humo de cigarro, todos de extracción aymara; o para decirlo en palabras coloquiales: de “gente chola”.
Cuando entré al boliche, al no ser un visitante conocido, mozos y borrachos, gays y lesbianas, me empezaron a mirarcomo abicho raro. Pero no por mucho tiempo. Con la cerveza a 10 bolivianos pedí una, y también una jarra de ron de 30, para terminar bebiendo rodeado de “amigos” que empezaron a acercarse a mi mesa.
—¿Tú de dónde eres? ¿Cómo te llamas? Yo soy Brenda y estoy soltera, jajaja— me dijo uno de ellos que acababa de secar su vaso y sonreía, dejando ver varios dientes podridosy meneando unas extensiones de pelo amarillo que contrastaban con su piel morena.
Brenda me sacó a bailar e inspirados por las copas nos movimos al ritmo de la cumbia villera hasta que cambiaron la música y pusieron ese tecno de los años 80 para el cual no tengo cadencia.
Otra vez sentados en la mesa pegajosa por la cerveza derramada, y totalmente borracho(a), Brenda me empezó a contar que tenía unpuesto de venta de zapatos en la calle Tumusla, donde trabajaba de lunes a domingo, sin el peluquín y sin la pintura sobre el rostro.
—Mi familia sabe que soy gay. Cuando era chico mi papá me pegaba y, aunque la cosa se le ha ido pasando poco a poco, creo que no me quiere mucho. Pero no me importa, porque yo me gano la vida y no le pido nada a él”— también me dijo.
—Yo si le pido para mis medias nylon— dijo otro, que estalló en una carcajada,
Entonces me di cuenta de que estos muchachos(as) tienen más sentido del humor que mucha gente que conozco.Fui invitado por varios a pasar la noche juntos, pero terminé abordando un taxi hasta mi casa, pues la idea de dormir con alguien de mi mismo sexo me aterraba.
Punto G
Con la información en el disco duro, me di una vuelta por ellocaltratando de pasar inadvertido. Todavía no había escapado de los prejuicios y pensaba que, si alguien me reconocía, estaría frito.
El Punto G era como cualquier otro boliche del ambiente del centro y Sopocachi (era digo porque a esta altura ya lo cerraron), ni más ni menos gay,pero sí más sofisticado que los de la zona norte. Allí advertí que en el mundo de los homosexuales la discriminación de clases también está vigente.
Cuando apenas llevaba unos diez minutos bajo las delgadas luces del local, comencé a notar la mirada pene-entrante de un muchacho fino y elegante, vestido con una camisa y un chaleco. Bastó que le hiciera la señal de salud para que se me acercara. Se iniciaba así una relación para mí antes inimaginable.
—Hola, ¿por qué solo?— me dijo.
—No tenía con quien venir— me expuse.
—¿Y cómo te llamas?— me preguntó con acento camba.
No quise darle mi nombre verdadero, así que me inventé el primero que se me ocurrió.
—Milton— le respondí —¿Y vos?
—Rafaela— dijo levantando una ceja depilada y arreglada como las de los artistas.
Después bebimos. Rafaela me sorprendió. Se comportó como un borracho empedernido y terminamos riendo por cómo vestían varios de los allí presentes; como en las mujeres, éste también era un motivo de burla.
Rafaela trató de conquistarme, pero yo todavía andaba reticente con el asunto. Intercambiamos los teléfonos con el fin de citarnos la semana entrante. Y así lo hicimos. Nos vimos en un café. Con las luces más gruesas del lugar me di cuenta de que era muy joven todavía. Se sentó con un ademán por demás femenino —acto que generó miradas raras de otras mesas pero nosotros nos cagamos— y empezamos nuestra charla tras pedir dos té con tés.
—¿Y? ¿De dónde eres?— le dije.
—Del Beni, pero ya hace cinco años que vivo acá.
—¿Y qué haces? ¿Cuántos años tienes?
—¡Aaaaaaaaay, qué preguntón sos!— respondió burlonamente.
Yo, que venía de haber fumado algo de yerba, estallé en una carcajada y ambos reímos como dos buenos amigos.
Rafaela tiene 23 años, estudia en la UMSA y vive solo en un desordenado departamento en la avenida 20 de Octubre en el que ya hemos tenido varias charlas.
Entre botellas de trago, calzoncillos sucios, libros deshojados y un baño con hongos, ambos tuvimos largas charlas como dos doñas. Necesitábamos hablar, y que alguien nos escuche. Así me dijo que su gusto por los hombres viene de niño, que ya sentía una atracción por ellos desde el kinder.
—Yo sé que he nacido con otra sexualidad, porque ya de chico me gustaban otros niños. Casi siempre, el más bonito del curso.
—¡No jodas!, ¿desde wawa?— reaccioné sin dejar caer nuestros vasos de ron apenas servidos.
—Claro, pero no fue hasta el segundo año de la universidad que pude admitirlo y mostrarme públicamente.
—¿Y por qué?
—Siempre tuve temor al rechazo.
—Pero en algún momento alguien se tenía que enterar.
Entonces me contó que fue su madre quien lo encontró con su primera pareja formal cuando tenía 16 años. Pero Rafaela ya había debutado a los 14, con un hombre mayor. Una promiscua/o en lo suyo.
—¿Y qué? ¿Te pilló en plena faena?
Rafaela asintió con la cabeza. La bebida en la boca le impedía dar un sí o un no. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Me había criado en un ambiente machista y esas vivencias me parecían descabelladas. Hastanauseabundas, debo aceptarlo. Pero Rafaela se estaba convirtiendo en un buen amigo. Más allá de su sarcasmo, me gustaba su sensibilidad, su inextinguible conversación.
—¿Y qué tal fue?— le interrogué de nuevo. Mi curiosidad era la de un gato.
—Al ser la primera vez estaba muy nervioso. Él era un médico brasilero con el que aún tengo amistad— me dijo.
Luego me comentó que le gustaba jugar con muñecas cuando era pequeña (las Barbies eran sus preferidas). “Pero también,a las novelas. El papel de villana era mi predilecto, pues me identificaba mucho con su rebeldía”.
Las charlas con Rafaela se fueron haciendo largas y ella, como todas las mujeres, hablaba sin parar, hablaba mucho, demasiado. Y como vio que yo no quería contacto físico se enojó conmigo. También tenía eso de las mujeres, que cuando se enojan, se enojan en serio.

Noche de putas
En otra larga noche de copas, le pedí a un taxista que me llevara “donde conseguir putas”. Y me acercó a la plaza Kennedy. “Desde aquí va a bajar caminando y va a ver a hartas mujeres”, me dio las indicaciones rápidas como si me quisiera botarme, haciendo que me olvidara del cambio de 10 bolivianos.
Bajé por la avenida América, que comunica con la plaza Alonso de Mendoza, y entre fumadores de pasta base, alcohólico yladrones encontré a un grupo de “mujeres” paradas en una esquina.
Los árboles sin podar y la escasa luz hacían de la avenida América un lenocinio al aire libre. Tras contemplarlas por un instante, una de ellas se me acercó y me dijo: “Hola lindo, ¿no quieres pasar?”. A pesar de mi borrachera pude reconocer su pronunciado mentón y la barba recién afeitada, puesestaba marcada como una sombra en las mejillas.
—No sé— le dije.
La tipa estalló en risas.
—Jajajaja, me hiciste reír. Invítame pues un trago papito— me dijo acariciándome el trasero que no tengo.
—¿Te traigo una cerveza?— le pregunté.
—No, cómo pues, un Cuba.
Compré una lata de cerveza para mí y una cuba para él(ella). Luego nos sentamos en la entrada de una puerta donde, sin resguardo, a la intemperie, comenzamos la charla.
—¿Y qué haces por aquí?
—Buscaba mujeres, pero no sabía que…
—Ayyyy no, papito, aquí somos todos travestis, con pichi y todo… jajaja… pero pasaremos pues.Te voy a atender mejor que cualquiera de tus chicas y te voy a cobrar 20 bolivianos nomás.
No podía hacerlo. Ni en la peor borrachera me atrevería. Por suerte, apareció un personaje que apenas se mantenía en pie y le preguntó “cuánto”. Era un tipo desagradable que empezó a manosearla de un modo depravado. “30”, le dijo ella al hombre, y él sacó un billete de 100 del bolsillo derecho.
—¿Me esperas?
—Bueno—, le dije, y la pareja cruzó la calle en dirección a uno de esos alojamientos que hay por aquella oscura avenida de adoquines y tiendas de abarrotes.
Para matar el tiempo que calculé unos quince minutos, compré una par de cervezas más y, al terminar la segunda, la “mujer” salió del alojamiento junto al borracho, que tambaleante trataba de ensartar el fierrito a uno de los agujeros de su cinturón.
—¿Sigues aquí?
—Sí, no tengo nada que hacer. Tomá, te compré otra cuba.
—Aaaaaaayyyyyyy, gracias, qué caballero— me dijo el travesti, que tenía las manos más grandes que las mías y de seguro que con un puñetazo era capaz de darme vuelta la cara.
—¿Y? ¿Qué tal estuvo?
—Una huevada pues, como siempre con estos yucas atrevidos— me dijo antes de sorber de su “cubita”.
—¿Vale la pena?— le dije en un ataque de moralista estúpido.
—A mí me gustan los hombres como vos, papito, pero tengo que ganarme la vida y mejor si es teniendo sexo. De vez en cuando viene gente pasable que te hace subir directamente al auto, hombres que son más educados. Pero la mayoría de las veces son unos t’aras de mierda, borrachos atrevidos que creen que por 20 pesos te pueden hacer de todo.
—Treinta— le corregí.
—Bueno, es que a algunos hay que verles la cara— me dijo.
Hacía mucho frío pero la noche en la zona circundante a la plaza Kennedy tenía todavía mucha vida. Y como yo estaba más bebido me animé a preguntarle cómo había encontrado este destino.
—Oye, eres muy preguntón, ¿no serás policía?
—No, en realidad soy periodista y preparo una investigación.
—Hmmm
—En serio, sin nombres ni nada.
—Bueno, qué quieres saber y rápido, porque ahorita seguro va a venir alguien.
—Dime cómo empezó todo.
—A mí me violaron.
—No jodas— atiné a decir.
—Sí, fue una de las parejas de mi madre. Cuando le conté a ella no me creyó y más bien me botó de la casa. Y después me di cuenta de que me gustaba y asícomenzó todo.
—¿Y estás aquí todas las noches?
—Nooooooooo. Descanso los lunes, pero después vengo siempre, aunque haya borrachos y los policías que te joden.
—¿Te extorsionan?
—Claro pues, o quieren entrar gratis. Bueno, ¿sabes qué? Tengo que trabajar y es mejor que me vaya a la otra esquina.
Noté que se había cansado de la conversación y no me quedó otra que despedirme.
—Chau, te cuidas. A ver si vuelves y gracias por las cubas— me dijo aquella “mujer” mientras se daba mañas para arreglarse las botas.
La sospecha
Su indiferencia era notoria. Aún estaba enojado yhabía dejado de ser Rafaela para retomar el nombre de su carnet —Rafael— por unos días.
—¿Cómo has estado?, bien gracias, le dije.
—¿Y vos? ¿Cómo te encontró tu padre?
Como siempre pues, él no va a cambiar y yo tampoco.
Mi amigo me decía que su papá siempre iba a tener vergüenza de él, que era el hijo mayor de la familia.
—Siempre tuve miedo de decir lo que sentía. Menos mal que me vine a La Paz, porque el vivir en esa sociedad pequeña era algo que no iba a aguantar. El miedo es por el rechazo que uno sufre de los seres que ama, y ya andaba emputado de vivir fingiendo.
Yo quería a mi amigo y me daba cuenta que por más liberal y sonriente que se lo veía guardaba una angustia enorme dentro suyo. Él solía recordar que ya en la escuela era objeto de burla. “Pero por suerte siempre tuve un carácter fuerte y nunca me dejé”, justificaba.
También decía que ya no les debía explicaciones a sus padres, “sólo a Dios”. “Los gays tenemos algo de hombre y algo de mujer. Del hombre tenemos lo borracho, la infidelidad o ser cholero. Y de las mujeres sacamos el ser chismosos y problemáticos”.
—Bueno, ya va a venir mi papá. Es mejor que te vayas, porque no quiero que sospeche nada. Y será mejor que no me llames más, por favor. Estoy tratando de formalizar con otro chico.
Le di un abrazo, pero casi simultáneamente sonó el timbre del departamento.
—Uy, carajo, debe ser mi padre, ¿vas a disimular, ya? Eres un compañero de mi universidad.
—Bueno.
Rafaela abrió la puerta y entró el padre con el ceño fruncido, como si viniera de discutir con alguien. Me lo presentó, le extendí la mano y él me escaneó de pies a cabeza.
—¿Usted es compañero de mi hijo?
—Sí, bueno, estoy dos años adelantado y de vez en cuando nos vemos para hacer algunos trabajos.
—Ahhhh— me dijo el hombre, de alrededor de 50 años, con cara de incrédulo.
—Bueno, me tengo que ir, adiós señor, mucho gusto.
—Que le vaya bien— me dijo dándome la espalda.
Me acerqué a mi amigo y sólo atiné a despedirme con una mirada que seguramente nunca olvidaremos.
—Chau… Rafael.
Por: Marco Basualdo / Fotos: Mauricio Acevedo
* Título de un libro de Beto Ortiz
Escribo para que esta vieja computadora no me sirva sólo para masturbarme en las madrugadas. Escribo porque desde niño me he aburrido y me aburro y me aburriré siempre, mortalmente.
Escribo porque este tono es muy monse, porque esta
mochila ya me pesa, porque esta película es muy lenta
(Beto Ortiz).
Escribo porque este tono es muy monse, porque esta
mochila ya me pesa, porque esta película es muy lenta
(Beto Ortiz).
Cansado de la deslealtad femenina, un buen día no hace mucho me embarqué hacia caminos prohibidos para un “hetero” machista. Pensé en buscar compañía. La soledad me estaba matando y, como soy un insoportable enamoradizo, tras una noche de lorazepanes que el médico me había recomendado, se despertó en mí la curiosidad por conocer ya no a otra mujer, sino a un hombre que ama a otros hombres. Sabía (al menos lo intuía) que no iba enamorarme de un ser de glande-colgante, así que por qué no lanzarme a la aventura, yo, que quería purificar el alma herida.
Los homosexuales, maricas, gays o como quieran llamarlos siempre habían estado presentes en mi vida. El primero que se me viene a la memoria es Darío P., compañero de la secundaria en un tradicional colegio bonaerense donde absolutamente todos, pero todos los chicos, se burlaban de él haciendo poses repugnantes o manoseándolo fingiendo placer.
Yo también caí en el juego. La pequeña sociedad que es la escuela me exigía ser uno más de la masa activa. Hasta que una tarde encontré a Darío balbuceando en un baño donde todos los chicos aprendimos a ser “hombres”. Lo escuchaba y lloraba como una wawa a la que le quedan pocas lágrimas. Lo reconocí mirando por debajo la puerta, pues llevaba las zapatillas rosadas que tanta burla y desgracia le habían causado.
Darío tenía un hermano mayor que no le hablaba en el colegio porque decía que su sola presencia lo irritaba;y recuerdo que se marchaban a casa por separado.
La discriminación hizo lo suyo en este casoy Darío P. sólo alcanzó a cursar hasta el tercer año de la secundaria, donde hicimos amistad,pues el destino hizo que nos sentáramos en la misma banca. Ahí supe que odiaba que le dijeran “puto”. Pues no lo era. Simplemente era un hombre con mucha ternura, pienso ahora.
Medias nylon
Escribo para que, si no me pueden respetar, me teman. Escribo porque en el fondo yo también me siento indigno, sucio, vil y feo. Escribo para distraer mi mente de los crímenes pendientes. O lo que es lo mismo: escribo para no tener nunca que
matar a nadie, ni siquiera a mí (Beto Ortiz).
Una noche de intenso frío paceño, abordé un taxi y le pregunté al chofer dónde podía encontrar un boliche “sólo para hombres”. El hombre, de raíces aymaras, me sonrió y,considerándolo un tema tabú, respondió apenas: “No lo sé, joven, yo no sé de esas cositas”, pero la risa picarona no se le borraba de la mejilla derecha.matar a nadie, ni siquiera a mí (Beto Ortiz).
Pero en cuanto entramos en confianza me contó una metida de pata de su hermano con un travesti; y me dijo que por la zona del Cementerio había un local donde iban“personas raras”, a veces disfrazadas y pintadas con mucho rubor y maquillaje.
“Entonces vamos allá”, fue mi sugerencia. Y entre alcohólicos del soldadito en mano, gente que vive de la basura ycleferos dimos finalmente con el lugar frente a una de las esquinas del Cementerio General, con el nombre de Calypso y donde sí, evidentemente, había algunos muchachos y muchachas “del otro equipo”.
El Calypso está enclavado en un barrio popular, de gente que labura de día y de noche. El lugar guarda las características de los bares de la zona norte paceña: luces rojas y azules, olorpestilente, baños sin seguros, paredes descuidadas y pósters de hermosos hombres y mujeres de perfil occidental que nada tienen que ver con los asiduos concurrentes de esta cantina con olor a humedad, trago y humo de cigarro, todos de extracción aymara; o para decirlo en palabras coloquiales: de “gente chola”.
Cuando entré al boliche, al no ser un visitante conocido, mozos y borrachos, gays y lesbianas, me empezaron a mirarcomo abicho raro. Pero no por mucho tiempo. Con la cerveza a 10 bolivianos pedí una, y también una jarra de ron de 30, para terminar bebiendo rodeado de “amigos” que empezaron a acercarse a mi mesa.
—¿Tú de dónde eres? ¿Cómo te llamas? Yo soy Brenda y estoy soltera, jajaja— me dijo uno de ellos que acababa de secar su vaso y sonreía, dejando ver varios dientes podridosy meneando unas extensiones de pelo amarillo que contrastaban con su piel morena.
Brenda me sacó a bailar e inspirados por las copas nos movimos al ritmo de la cumbia villera hasta que cambiaron la música y pusieron ese tecno de los años 80 para el cual no tengo cadencia.
Otra vez sentados en la mesa pegajosa por la cerveza derramada, y totalmente borracho(a), Brenda me empezó a contar que tenía unpuesto de venta de zapatos en la calle Tumusla, donde trabajaba de lunes a domingo, sin el peluquín y sin la pintura sobre el rostro.
—Mi familia sabe que soy gay. Cuando era chico mi papá me pegaba y, aunque la cosa se le ha ido pasando poco a poco, creo que no me quiere mucho. Pero no me importa, porque yo me gano la vida y no le pido nada a él”— también me dijo.
—Yo si le pido para mis medias nylon— dijo otro, que estalló en una carcajada,
Entonces me di cuenta de que estos muchachos(as) tienen más sentido del humor que mucha gente que conozco.Fui invitado por varios a pasar la noche juntos, pero terminé abordando un taxi hasta mi casa, pues la idea de dormir con alguien de mi mismo sexo me aterraba.
Punto G
Escribo para que sepan todos que ahora te quiero más. Para que sepan todos que ya no te quiero pero cuánto te quise. Para
que el solo hecho de saberlo te arrebate la felicidad.
O te la duplique (Beto Ortiz).
Le conté de mis afanes a un buen amigo míoque tiene un colega homosexual, pero de una clase social distinta a la de los divertidos muchachos(as) del Calypso. Entonces me enteré que muy cerca de la plaza del Estudiante se encuentra uno de los boliches más concurrido por los gays paceños, el Punto G, donde se permite el acceso a varones y mujeres, a homosexuales y lesbianas.que el solo hecho de saberlo te arrebate la felicidad.
O te la duplique (Beto Ortiz).
Con la información en el disco duro, me di una vuelta por ellocaltratando de pasar inadvertido. Todavía no había escapado de los prejuicios y pensaba que, si alguien me reconocía, estaría frito.
El Punto G era como cualquier otro boliche del ambiente del centro y Sopocachi (era digo porque a esta altura ya lo cerraron), ni más ni menos gay,pero sí más sofisticado que los de la zona norte. Allí advertí que en el mundo de los homosexuales la discriminación de clases también está vigente.
Cuando apenas llevaba unos diez minutos bajo las delgadas luces del local, comencé a notar la mirada pene-entrante de un muchacho fino y elegante, vestido con una camisa y un chaleco. Bastó que le hiciera la señal de salud para que se me acercara. Se iniciaba así una relación para mí antes inimaginable.
—Hola, ¿por qué solo?— me dijo.
—No tenía con quien venir— me expuse.
—¿Y cómo te llamas?— me preguntó con acento camba.
No quise darle mi nombre verdadero, así que me inventé el primero que se me ocurrió.
—Milton— le respondí —¿Y vos?
—Rafaela— dijo levantando una ceja depilada y arreglada como las de los artistas.
Después bebimos. Rafaela me sorprendió. Se comportó como un borracho empedernido y terminamos riendo por cómo vestían varios de los allí presentes; como en las mujeres, éste también era un motivo de burla.
Rafaela trató de conquistarme, pero yo todavía andaba reticente con el asunto. Intercambiamos los teléfonos con el fin de citarnos la semana entrante. Y así lo hicimos. Nos vimos en un café. Con las luces más gruesas del lugar me di cuenta de que era muy joven todavía. Se sentó con un ademán por demás femenino —acto que generó miradas raras de otras mesas pero nosotros nos cagamos— y empezamos nuestra charla tras pedir dos té con tés.
—¿Y? ¿De dónde eres?— le dije.
—Del Beni, pero ya hace cinco años que vivo acá.
—¿Y qué haces? ¿Cuántos años tienes?
—¡Aaaaaaaaay, qué preguntón sos!— respondió burlonamente.
Yo, que venía de haber fumado algo de yerba, estallé en una carcajada y ambos reímos como dos buenos amigos.
Rafaela tiene 23 años, estudia en la UMSA y vive solo en un desordenado departamento en la avenida 20 de Octubre en el que ya hemos tenido varias charlas.
Entre botellas de trago, calzoncillos sucios, libros deshojados y un baño con hongos, ambos tuvimos largas charlas como dos doñas. Necesitábamos hablar, y que alguien nos escuche. Así me dijo que su gusto por los hombres viene de niño, que ya sentía una atracción por ellos desde el kinder.
—Yo sé que he nacido con otra sexualidad, porque ya de chico me gustaban otros niños. Casi siempre, el más bonito del curso.
—¡No jodas!, ¿desde wawa?— reaccioné sin dejar caer nuestros vasos de ron apenas servidos.
—Claro, pero no fue hasta el segundo año de la universidad que pude admitirlo y mostrarme públicamente.
—¿Y por qué?
—Siempre tuve temor al rechazo.
—Pero en algún momento alguien se tenía que enterar.
Entonces me contó que fue su madre quien lo encontró con su primera pareja formal cuando tenía 16 años. Pero Rafaela ya había debutado a los 14, con un hombre mayor. Una promiscua/o en lo suyo.
—¿Y qué? ¿Te pilló en plena faena?
Rafaela asintió con la cabeza. La bebida en la boca le impedía dar un sí o un no. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Me había criado en un ambiente machista y esas vivencias me parecían descabelladas. Hastanauseabundas, debo aceptarlo. Pero Rafaela se estaba convirtiendo en un buen amigo. Más allá de su sarcasmo, me gustaba su sensibilidad, su inextinguible conversación.
—¿Y qué tal fue?— le interrogué de nuevo. Mi curiosidad era la de un gato.
—Al ser la primera vez estaba muy nervioso. Él era un médico brasilero con el que aún tengo amistad— me dijo.
Luego me comentó que le gustaba jugar con muñecas cuando era pequeña (las Barbies eran sus preferidas). “Pero también,a las novelas. El papel de villana era mi predilecto, pues me identificaba mucho con su rebeldía”.
Las charlas con Rafaela se fueron haciendo largas y ella, como todas las mujeres, hablaba sin parar, hablaba mucho, demasiado. Y como vio que yo no quería contacto físico se enojó conmigo. También tenía eso de las mujeres, que cuando se enojan, se enojan en serio.

Noche de putas
Escribo porque quiero saber de qué color son mis circuitos, mis engranajes y mis tripas, porque necesito saber qué parasitos, qué aliens y qué espíritus me habitan (Beto Ortiz).
No por terco, quise llegar amás lugares donde encontrar algo de afecto. Lo de Rafaela parecía insalvable pese a que lo amaba como amigo, pero a mí me gustan las mujeres para copular.En otra larga noche de copas, le pedí a un taxista que me llevara “donde conseguir putas”. Y me acercó a la plaza Kennedy. “Desde aquí va a bajar caminando y va a ver a hartas mujeres”, me dio las indicaciones rápidas como si me quisiera botarme, haciendo que me olvidara del cambio de 10 bolivianos.
Bajé por la avenida América, que comunica con la plaza Alonso de Mendoza, y entre fumadores de pasta base, alcohólico yladrones encontré a un grupo de “mujeres” paradas en una esquina.
Los árboles sin podar y la escasa luz hacían de la avenida América un lenocinio al aire libre. Tras contemplarlas por un instante, una de ellas se me acercó y me dijo: “Hola lindo, ¿no quieres pasar?”. A pesar de mi borrachera pude reconocer su pronunciado mentón y la barba recién afeitada, puesestaba marcada como una sombra en las mejillas.
—No sé— le dije.
La tipa estalló en risas.
—Jajajaja, me hiciste reír. Invítame pues un trago papito— me dijo acariciándome el trasero que no tengo.
—¿Te traigo una cerveza?— le pregunté.
—No, cómo pues, un Cuba.
Compré una lata de cerveza para mí y una cuba para él(ella). Luego nos sentamos en la entrada de una puerta donde, sin resguardo, a la intemperie, comenzamos la charla.
—¿Y qué haces por aquí?
—Buscaba mujeres, pero no sabía que…
—Ayyyy no, papito, aquí somos todos travestis, con pichi y todo… jajaja… pero pasaremos pues.Te voy a atender mejor que cualquiera de tus chicas y te voy a cobrar 20 bolivianos nomás.
No podía hacerlo. Ni en la peor borrachera me atrevería. Por suerte, apareció un personaje que apenas se mantenía en pie y le preguntó “cuánto”. Era un tipo desagradable que empezó a manosearla de un modo depravado. “30”, le dijo ella al hombre, y él sacó un billete de 100 del bolsillo derecho.
—¿Me esperas?
—Bueno—, le dije, y la pareja cruzó la calle en dirección a uno de esos alojamientos que hay por aquella oscura avenida de adoquines y tiendas de abarrotes.
Para matar el tiempo que calculé unos quince minutos, compré una par de cervezas más y, al terminar la segunda, la “mujer” salió del alojamiento junto al borracho, que tambaleante trataba de ensartar el fierrito a uno de los agujeros de su cinturón.
—¿Sigues aquí?
—Sí, no tengo nada que hacer. Tomá, te compré otra cuba.
—Aaaaaaayyyyyyy, gracias, qué caballero— me dijo el travesti, que tenía las manos más grandes que las mías y de seguro que con un puñetazo era capaz de darme vuelta la cara.
—¿Y? ¿Qué tal estuvo?
—Una huevada pues, como siempre con estos yucas atrevidos— me dijo antes de sorber de su “cubita”.
—¿Vale la pena?— le dije en un ataque de moralista estúpido.
—A mí me gustan los hombres como vos, papito, pero tengo que ganarme la vida y mejor si es teniendo sexo. De vez en cuando viene gente pasable que te hace subir directamente al auto, hombres que son más educados. Pero la mayoría de las veces son unos t’aras de mierda, borrachos atrevidos que creen que por 20 pesos te pueden hacer de todo.
—Treinta— le corregí.
—Bueno, es que a algunos hay que verles la cara— me dijo.
Hacía mucho frío pero la noche en la zona circundante a la plaza Kennedy tenía todavía mucha vida. Y como yo estaba más bebido me animé a preguntarle cómo había encontrado este destino.
—Oye, eres muy preguntón, ¿no serás policía?
—No, en realidad soy periodista y preparo una investigación.
—Hmmm
—En serio, sin nombres ni nada.
—Bueno, qué quieres saber y rápido, porque ahorita seguro va a venir alguien.
—Dime cómo empezó todo.
—A mí me violaron.
—No jodas— atiné a decir.
—Sí, fue una de las parejas de mi madre. Cuando le conté a ella no me creyó y más bien me botó de la casa. Y después me di cuenta de que me gustaba y asícomenzó todo.
—¿Y estás aquí todas las noches?
—Nooooooooo. Descanso los lunes, pero después vengo siempre, aunque haya borrachos y los policías que te joden.
—¿Te extorsionan?
—Claro pues, o quieren entrar gratis. Bueno, ¿sabes qué? Tengo que trabajar y es mejor que me vaya a la otra esquina.
Noté que se había cansado de la conversación y no me quedó otra que despedirme.
—Chau, te cuidas. A ver si vuelves y gracias por las cubas— me dijo aquella “mujer” mientras se daba mañas para arreglarse las botas.
La sospecha
Escribo porque estoy demasiado libre o, lo que es lo mismo, demasiado solo. Escribo por la misma razón por la que leo o voy al cine: porque cualquier historia suficientemente eficaz hará el milagro de suspenderme la existencia (Beto Ortiz).
Tras varias semanas sin haberme comunicado, llamé a Rafaela, que parecía encontrarse en ajetreos. Había llegado su padre desde San Borja y se dio a la tarea de esconder todas las pelucas y la ropa de mujer que guardaba habitualmente en su ropero. Lo visité.Su indiferencia era notoria. Aún estaba enojado yhabía dejado de ser Rafaela para retomar el nombre de su carnet —Rafael— por unos días.
—¿Cómo has estado?, bien gracias, le dije.
—¿Y vos? ¿Cómo te encontró tu padre?
Como siempre pues, él no va a cambiar y yo tampoco.
Mi amigo me decía que su papá siempre iba a tener vergüenza de él, que era el hijo mayor de la familia.
—Siempre tuve miedo de decir lo que sentía. Menos mal que me vine a La Paz, porque el vivir en esa sociedad pequeña era algo que no iba a aguantar. El miedo es por el rechazo que uno sufre de los seres que ama, y ya andaba emputado de vivir fingiendo.
Yo quería a mi amigo y me daba cuenta que por más liberal y sonriente que se lo veía guardaba una angustia enorme dentro suyo. Él solía recordar que ya en la escuela era objeto de burla. “Pero por suerte siempre tuve un carácter fuerte y nunca me dejé”, justificaba.
También decía que ya no les debía explicaciones a sus padres, “sólo a Dios”. “Los gays tenemos algo de hombre y algo de mujer. Del hombre tenemos lo borracho, la infidelidad o ser cholero. Y de las mujeres sacamos el ser chismosos y problemáticos”.
—Bueno, ya va a venir mi papá. Es mejor que te vayas, porque no quiero que sospeche nada. Y será mejor que no me llames más, por favor. Estoy tratando de formalizar con otro chico.
Le di un abrazo, pero casi simultáneamente sonó el timbre del departamento.
—Uy, carajo, debe ser mi padre, ¿vas a disimular, ya? Eres un compañero de mi universidad.
—Bueno.
Rafaela abrió la puerta y entró el padre con el ceño fruncido, como si viniera de discutir con alguien. Me lo presentó, le extendí la mano y él me escaneó de pies a cabeza.
—¿Usted es compañero de mi hijo?
—Sí, bueno, estoy dos años adelantado y de vez en cuando nos vemos para hacer algunos trabajos.
—Ahhhh— me dijo el hombre, de alrededor de 50 años, con cara de incrédulo.
—Bueno, me tengo que ir, adiós señor, mucho gusto.
—Que le vaya bien— me dijo dándome la espalda.
Me acerqué a mi amigo y sólo atiné a despedirme con una mirada que seguramente nunca olvidaremos.
—Chau… Rafael.
NdE Hace mucho tiempo que LMP no lee un reportaje tan bueno y sincero. El autor es el periodista Marco Basualdo y también "editor de mierda" (como dice en su feis) de la revista Metro.
Ésta y otras notas (también del carajo) pueden leerse en el número 5 de la revista Pie Izquierdo.
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